El oro está en primera fila cuando se piensa en la metalurgia de las culturas prehispánicas, pero no fue el único metal precioso, valioso o cargado de significado en estas sociedades, tal como establece el nombre de la exposición del Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado (calle Cuenca N1-41, en el centro histórico de Quito): No todo lo que brilla es oro.
El oro, cobre, la plata y sus aleaciones son protagonistas en la exposición temporal de este museo de arte precolombino en la ciudad de Quito.
El oro está en primera fila cuando se piensa en la metalurgia de las culturas prehispánicas, pero no fue el único metal precioso, valioso o cargado de significado en estas sociedades, tal como establece el nombre de la exposición del Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado (calle Cuenca N1-41, en el centro histórico de Quito): No todo lo que brilla es oro.
La curadora Tamia Viteri recalca que este es uno de los ejes más importantes de la exhibición, pues la llegada de los españoles a lo que hoy es Ecuador sí supuso un cambio en el valor y el simbolismo de los metales.
“En el pasado prehispánico, más que un carácter económico o de intercambio como tal, los metales tenían un significado mucho más profundo. De acuerdo con la arqueóloga Ana María Falchetti, el oro estaba muy asociado con el sol; la plata, por otra parte, está muy asociada a la luna, por el color y el brillo. Y el cobre, en cambio, representaba los conceptos más humanos, al ser un metal que se corroe con más facilidad que el oro y la plata; como nosotros, que no somos infinitos”.
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Por eso, muchos de los collares y discos pectorales en la cultura Puruhá de la Sierra o La Tolita y Jama-Coaque, en la Costa, son de oro y representan rostros de jaguar, un animal asociado al poder y a las élites. “En Jama-Coaque hay muchas representaciones de conchas y caracolas, que hacen alusión a la indumentaria de los líderes religiosos; las caracolas probablemente sugerían ritos ligados al agua, al mar y a los ciclos de la naturaleza”. Viteri subraya que la producción de los metales estaba enfocada a transmitir correctamente los códigos rituales y sociales.
Todas las piezas resguardadas en El Alabado corresponden a la historia antigua del Ecuador antes de la Conquista. Son alrededor de 8.000 ítems que corresponden, además, a 8.000 años de vida en este territorio.
No todo lo que brilla es oro, que estará hasta diciembre de 2026 de miércoles a domingo, en el horario de 09:00 a 17:00, nace de una investigación temática específica sobre la colección, tanto lo que está en exhibición permanente como lo que consta en la reserva. “Queremos siempre explorar un ámbito nuevo de la vida de las sociedades pasadas y de los distintos materiales que tenemos aquí”, continúa Viteri. “Desde 2020 hemos tenido varios curadores, y en ese año con María Patricia Ordóñez se hizo un primer acercamiento con el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural para estudiar de forma más técnica los metales prehispánicos”.
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Uno de los objetivos era analizar la conservación y la restauración de estos elementos, y aquí la colaboración con el INPC y su laboratorio químico, experto en metales, fue crucial. “En 2025, con el curador Carlos Montalvo, se puso en marcha No todo lo que brilla es oro”.
Es un proceso de varios meses que se inicia con la investigación curatorial: arqueología e historia, y al concluir viene la selección de las piezas, la temática, los ejes expositivos y, finalmente, el montaje.
Otras de las dimensiones de este proyecto son la circulación de los metales a nivel regional y las técnicas antiguas de metalurgia. Allí está la cera perdida, que consiste en hacer moldes de este material, con la ventaja de que permite crear detalles sumamente minuciosos para piezas con filigrana. “Hoy podemos verlo en la producción orfebre de Chordeleg (Azuay), es una técnica ancestral, prehispánica”, ilustra la curadora.
Esa era una de las más utilizadas, pero también están los moldes de cerámica, el martillado y el laminado, muy útil en la fabricación de joyería: coronas, aretes y collares decorados con repujado.
“Tenemos también las herramientas que se usaron en esa época, los moldes, los crisoles de fundición, cinceles, yunques, toberas (tubos de carrizo para soplar y avivar el fuego para la fundición), además de los objetos producidos”. El Alabado aloja también tumbagas, que es la joyería que resulta de la aleación del oro y el cobre.
Para la mente occidental, los metales son más bien sinónimo de moneda, el valor material por sobre el ritual. “Estas piezas (prehispánicas) formaban parte de ceremonias, de festividades, de ritos chamánicos. En el momento en que se da la conquista española, el metal, en especial el oro, cambia de significado, deja de ser un elemento suntuario con connotación profunda, asociada al cosmos, y pasa a ser un objeto de valor netamente económico”.
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Viteri espera que el público entre al museo a redescubrir la historia que concierne a todos, para una visita guiada o individual o una tercera opción. “Siempre tenemos material básico y pequeñas introducciones, si es que no requieren toda la visita guiada”.
No hay necesidad de reservación, a menos que se quiera información más especializada y técnica, acompañada de la curadora. Esto puede comunicarse al correo del museo, info@alabado.org. “Tenemos un costo de entrada de $ 10 y si es recorrido con el curador, $ 20”.
Entre las actividades relacionadas, el 29 de agosto tendrá lugar el taller “Pan de oro aplicado a la joyería artística”, con Alina Torres y Magaly Maza (educación@alabado.org) y, ese mismo día, el artista e investigador Teo Monsalve dará la conferencia “Todo lo que brilla: ficción especulativa y metalurgia ancestral desde el arte contemporáneo”. (F)
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