Mucho antes de las salas modernas y los complejos cinematográficos, las imágenes en movimiento llegaron a Guayaquil como una novedad que encontró espacio entre teatros, carpas y lugares de entretenimiento. La ciudad fue escenario de las primeras funciones de cine en el país y de los primeros registros audiovisuales y películas nacionales.
La historia de las pantallas en Guayaquil incluye carpas, teatros, cines de barrio, salas comerciales y espacios alternativos que mantienen viva la experiencia.
Mucho antes de las salas modernas y los complejos cinematográficos, las imágenes en movimiento llegaron a Guayaquil como una novedad que encontró espacio entre teatros, carpas y lugares de entretenimiento. La ciudad fue escenario de las primeras funciones de cine en el país y de los primeros registros audiovisuales y películas nacionales.
Las primeras funciones se ofrecieron en 1901 por parte del Circo Ecuestre del mexicano F. Quiroz. En 1906 hubo funciones en el Teatro Olmedo y en 1907 se instalaron carpas en la Plaza de la Victoria. Las primeras películas eran mudas y en blanco y negro, acompañadas por música en vivo. En los años veinte funcionaban salas como el Teatro Olmedo, Edén, Parisiana y Colón.
El paso siguiente fue contar historias propias. El 7 de agosto de 1924, Augusto San Miguel estrenó El tesoro de Atahualpa en los teatros Edén y Colón. La película, realizada por la Ecuador Film Company con elenco nacional, fue uno de los principales hitos del nacimiento del cine ecuatoriano. San Miguel realizó tres películas argumentales entre 1924 y 1925: El tesoro de Atahualpa, Soledad y Abismo y dos almas. Sus películas no llegaron hasta el presente y su trayectoria se reconstruye mediante documentos de la época.
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La producción nacional perdió fuerza desde la década de 1930 ante la irrupción masiva de producciones estadounidenses, asegura el historiador Freddy Avilés. Entre las décadas de 1950 y 1980, los cines de barrio alcanzaron su máximo apogeo y acercaron el cine extranjero a sectores periféricos. En el sur destacaron el Inca, el Porteño y el Fénix.
Hacia finales de los años 90 e inicios de los 2000, la crisis bancaria, el deterioro de algunos espacios y la aparición del DVD modificaron las formas de acceder a las películas. También desaparecieron las galerías y plateas, se implantó el cine continuo, llegaron butacas más cómodas, aire acondicionado y nuevos sistemas de proyección. Hoy la experiencia se concentra en complejos comerciales como Supercines y Multicines, mientras MZ14 mantiene una propuesta alternativa.
Para Avilés, el cambio más significativo está relacionado con el streaming: parte del público ha optado por esperar que las películas lleguen a estas plataformas. Patricia Enríquez, docente de la Escuela de Comunicación de la Universidad Internacional del Ecuador, explica: “Te permite elegir qué ver, cuándo verlo y desde qué dispositivo”. Sin embargo, considera que el cine conserva un valor propio como espacio para compartir historias, especialmente en salas pequeñas y tradicionales. Avilés menciona el cineclub del Barrio Chino y el cine MAAC.
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“Yo creo que ese tipo de salas que existen son una forma de resistencia a la penetración cultural, que ciertos sectores de la industria norteamericana han impuesto aquí en América Latina y quizás en el mundo”, sostiene.
Los expertos resaltan que las pantallas pueden que cambien de lugar, pero la necesidad de encontrar y compartir historias permanece. (E)
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